El poder de los denarios de plata, el marketing de la Antigua Roma
SOFIA SERRANO COELLO DE PORTUGALShare
El poder de los denarios de plata
En la Antigua Roma el poder se medía en denarios, pero estas pequeñas piezas de plata de bordes irregulares, no solo servían para comprar pan o vino; eran la herramienta de comunicación más potente que nunca había existido.
El marketing de la Antigua Roma
En un mundo donde casi nadie sabía leer, el denario era el medio de comunicación oficial de los emperadores con el pueblo.
En el anverso del cada denario se podía encontrar el rostro del emperador. Este era el retrato oficial. A partir de ellos los romanos sabían si el emperador era joven, en ese caso la moneda gritaba "tengo energía"; si era mayor, susurraba, "tengo sabiduría".
El rostro del César era casi sagrado así que maltratar, fundir o desfigurar un denario podía costarle la vida al infractor por el delito de lesa majestad.
El reverso de la moneda era donde ocurría la magia del marketing político. Era el lugar para presumir de logros.
Según la palabra que se acuñaba el mensaje era distinto:
- Pax Aeterna: "He acabado con las guerras”

- Victoria: "He aplastado a nuestros enemigos".
- Justitia: "Soy un líder legal y justo".
- Salvs pública: "Bajo mi mando el imperio está a salvo y protegido"

No se trataba solo de palabras, sino de imágenes cuidadosamente elegidas, capaces de transmitir un mensaje incluso a quien no sabía leer. Cada figura era propaganda visual.
- Infraestructuras: Puentes, acueductos o calzadas decían: “Conmigo, Roma funciona”. El emperador se presentaba como garante del orden, del comercio y del progreso.
- Edificios públicos: Templos o foros reforzaban la idea de estabilidad y continuidad, vinculando al gobernante con la grandeza eterna de Roma.

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Dioses y símbolos: Asociaban al emperador con la protección divina, legitimando su poder más allá de lo humano.

Hasta el año 44 a. C., solo aparecían dioses o antepasados en las monedas. Pero Julio César rompió las reglas y puso su propia cara estando vivo. Fue un escándalo total: el mensaje era claro: "Soy un dios en la Tierra”.
Roma conquistó el mundo con sus espadas, pero lo mantuvo unido con su plata.